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Organice para que se cojan a mi mujer

Nuestros encuentros sexuales se fueron espaciando poco a poco, y sentía que ella ya estaba en otra sintonía, sutilmente me evadía una y otra vez, y llegamos al punto en que ya ni siquiera mi me interesaba acercarme a ella, porque sentía que Caro solo lo hacía para complacerme y justamente de eso no se trataba nuestra sexualidad, no, ya no quería molestarla con algo que para ello fuera un camino de espinas.
De hacerlo dos o tres veces por semana, pasamos a un encuentro mensual en el mejor de los casos, un encuentro desabrido, rápido, como para cumplir, para darme el gusto y sentí que nuestro mundo rodaba cuesta abajo sin freno, sin control.
Y en mi cabeza comenzaron a fabular miles de historias, ideas que eran solo mías y que no compartía con ella, porque para ella, todo parecía estar bien como estaba, pero yo me sentía vacío, marchitándome y necesitaba un escape.
Empecé a incursionar solo por curiosidad en páginas porno, para tener viva esa llama en mi interior, fotos, videos, relatos, y en esa vida paralela, a su espalda, yo tenía muchas fantasías
Sin un motivo particular, poco a poco me incliné por las historias, por los relatos, porque me hacían vivenciar cosas que deseaba experimentar, y en general siempre me iba hacia las historias de tríos, porque deseaba que mi esposa estuviera con otro hombre, puesto que, en mi percepción, me parecía un tanto injusto que es toda su vida solo hubiera tenido sexo conmigo.
Asumo que ese era mi pensamiento unilateral, Caro jamás me dejó entrever nada al respecto, para ella el mundo estaba bien como estaba, no le interesaba el porno, ni las historias, nada parecía erotizarla, y solo guardaba para mí las tantas fotos sexis que le había tomado en otra época, cuando todo era diferente
Poco a poco, me anime a interactuar con distintas personas de distintos sitios, algunos me inspiraban confianza, a algunos les pasaba fotos de mi amada esposa y me excitaba sobre manera el feedback que me daban, y me generaba mucho morbo despertar en otros machos el deseo de cogerla, generalmente en estas situaciones me terminaba masturbando con lo que me decían sobre mi esposa
Entre tantos, apareció Daniel, un tipo que escribía historias y en primera medida tuve la idea de que él me escribiera una a medida
Comenzamos a charlar, a cambiar ideas, fotos, le gustó mi mujer, y pegamos onda
Resultó que Daniel vivía en la misma ciudad que nosotros vivíamos, y fue él quien sugirió algo así como
‘Y si en lugar de escribirte una historia, me la presentas y te la cojo? me encanta el culo que tiene’

El primer ‘cara a cara’ lo tendríamos en su casa, nosotros dos a solas, él me había invitado para conocernos personalmente y ver si había química.
Comprobé que él no me había mentido, me mostró su sala de masajes, donde había muchos accesorios para rehabilitación, también noté que varios diplomas enmarcados decoraban la pared lateral, me mostró un poco la recepción y me invitó a que lo visitara un día de semana, para verlo trabajar, donde su secretaría podría darme un turno si fuera necesario
Me mostró también su casa sin que hubiera tenido necesidad, pero entendí que era como para darme confianza y despejar cualquier duda que tuviera, nos sentamos a charlar con una bebida cola mediante
Daniel me resultó un tipo interesante, culto, educado, y por, sobre todo, esos que saben tratar a una dama, tenía en claro que hablábamos de una mujer decente y no de una puta, aparentaba tener algunos años más que nosotros, algunas canas platinadas lo delataban, pero era buen mozo y se mantenía muy bien conservado, con un bronceado llamativo por la época del año en la que estábamos, conocía bien los gustos de mi mujer, y al menos supe que en ese aspecto no habría inconvenientes, a ella le resultaría un tipo atractivo, interesante, alguien que despertaría su curiosidad
Seguimos hablando hasta que el atardecer de ese sábado me tomó por sorpresa, es que éramos demasiado compatibles, él vivía solo, se había divorciado y había pasado por la misma situación que yo estaba pasando, su matrimonio solo se había marchitado, solo que él no supo verlo a tiempo
Pero claro, otra vez volvimos al principio, como meterla a mi mujer en toda esta historia, entonces él me sugirió que la convenciera para hacerles unos masajes, muy protocolar, como desconocidos, me dijo que yo buscara la manera de convencerla y lo más importante, teníamos que dar pasito a pasito, seguros de pisar firma nates de avanzar, si nos apurábamos, seguro la cagábamos
Tuve que tener mucho tacto con Caro, si ella tenía una virtud, esa era su inteligencia y su sagacidad para ciertas cosas, solo había algo minúsculo para poder relacionarla con el kinesiólogo, un pequeño dolor en su baja espalda, una dolencia que cada tanto la tenía a mal traer, una lesión de la juventud mal curada pero que ciertamente no le impedía llevar una vida normal.
Empecé con historias sobre un masajista que me habían recomendado, y de llevarla, una vez, para que probara, pero a ella no parecía interesarse, ni siquiera me llevaba el apunte a mis palabras, aunque no lo crean, tardé más de seis meses en convencerla y siempre con la complicidad de Daniel quien por detrás me daba letra.
Una situación que jugó a favor nuestro, fue el tema de trabajar ambos todo el día, por lo que nos vimos obligados a tomar un turno a última hora, en verdad, Daniel acomodó las cosas para tener ese último turno de ese primer día.
Hoy me da un tanto de risa recordar que la llevé casi a la rastra, casi en contra de su voluntad porque Caro solo fue para complacerme, no tenía el menor interés por asistir, ese día ella tenía unas calzas negras y una remera larga en verde fuerte que le tapaba la cola,

Poco después Daniel, acompañaba a la puerta a la señora y se presentó formalmente, nos dio la mano y nos hizo pasar.
Nos sentamos frente a frente y él empezó con las preguntas de rigor mientras anotaba en su notebook, las cosas de rutina, edad, actividad, enfermedades previas, y también observó a trasluz algunas placas radiográficas viejas que ella le había llevado, él le explicó un poco de que se trataba todo esto, incluso le pidió unas nuevas placas actualizadas, situación que me generaría un costo extra y no me causaría gracias, pero todo tenía que funcionar perfecto para que ella no sospechara y solita se metiera en la boca del lobo
La hizo pasar a la camilla, boca abajo, levantó con discreción su remera hasta la línea de su sostén, y solo empezó a darle masajes en su espalda baja, entre esa línea del sostén y la del límite de la calza, muy cuidadoso, pero sin que ella lo notara, él me miraba y tanteaba mis reacciones.
Quedamos en una nueva cita, ya con las placas, y salí feliz de ese consultorio
Caro se mostraría muy relajada con esos masajes, cierto, pero me dejó en claro que no tenía intenciones de volver, había estado bien y ya
Lo puse al tanto a Daniel casi de inmediato, me dijo que sería mi trabajo convencerla porque si no, perderíamos la partida
No sé cómo lo conseguí, pero en quince días estábamos nuevamente en su consultorio, con las placas que él había pedido, Daniel las miró y preguntó cosas sobre el nervio ciático y dolores en las piernas, por la parte trasera, por sus glúteos. Caro dudaba, no entendía, pero solo volvió a darle masajes como en la primera cita, pero dijo que pidiéramos un turno doble para la próxima, para un trabajo completo.
Llegaría esa tercera cita con turno doble, como siempre yo la acompañaba, Daniel nos hizo pasar, y como siempre, el último turno, le preguntó como andaba, si se sentía mejor, y por fuera de todo nuestro retorcido plan, en verdad Caro estaba mejor, y ya había aceptado esta tercera cita con más agrado incluso me había confiado que Daniel tenía ‘muy buenas manos’.
Fue cuando él dijo
Los dejo cinco minutos, necesito por favor que esta vez te saque las calzas y te recuestes como siempre, boca abajo, ahí encontrarás unas toallas para taparte la cola
Me supo muy caliente, entonces pregunté
Yo también me retiro?
Y él retrucó
No hombre, por favor, puedes quedarte
Obvio todo había estado fabulado, pero esa situación la dio la confianza a mi mujer para avanzar, ella fue tras el biombo y volvió casi desnuda de la cintura hacia abajo, solo con una tanga discreta que parecía perderse entre sus nalgas
Me da un poco de vergüenza, – dijo ella –
No seas tonta, – respondí – es un profesional
Solo se acomodó boca abajo en la camilla y me ofrecí a acomodarle una toalla sobre las nalgas.
Daniel volvió poco después y empezó como de costumbre por la espalda baja, muy correcto, pero cada vez que él me miraba me dejaba saber la doble intención de sus manos, era muy erótico. Le pidió permiso, entonces siguió por la parte posterior de sus piernas, muy lento, muy profesional, le preguntaba si dolía, si estaba bien, y Caro producía gemidos muy leves por el placer de esos masajes, incluso había cerrado sus ojos y parecía entregada al juego.
El volvió a pedir permiso y sus manos prosiguieron su viaje hacia sus glúteos, por debajo de la toalla, siempre discreto, y seguramente mi presencia le dio seguridad a mi mujer para dejarlo avanzar, pero yo… yo estaba con una terrible erección que no podía contener
Esa noche, tendría las primeras respuestas a tantos trabajos planificados, en la cama, era tarde ya, y empezamos a jugar con las palabras, sobre esos masajes, sobre lo apuesto del kinesiólogo, y ella me preguntaba si no me molestaba haber visto como ese tipo le había toqueteado todo el culo, si es que yo no tenía celos, palabras fueron, palabras vinieron, lo cierto es que Caro terminó montándome y cogimos como hacía tiempo que no lo hacíamos, y la noté tan mojada como en los primeros tiempos, esos tiempos que tanto añoraba.
Al día siguiente, le comenté a Daniel lo que había sucedido y él se alegró por mí, incluso me preguntó si seguiríamos adelante, es que tal vez yo ya había encontrado lo que buscaba, pero un nuevo turno daría respuestas a sus dudas
Y no sería a la siguiente, ni la próxima, ni la otra, calculo que pasaron otros seis meses para domesticar a la hembra, ella ya ansiaba las manos de ese doctor, ya había confidencia, confianza, y la presa se cocinaba a fuego lento.
Las cosas mejoraban en la cama, y en el consultorio.
Caro ya no se preocupaba por una tanga de grandes dimensiones o una less que pudiera ser infartarte, tampoco le molestaba que a veces Daniel solo le quitara la toalla de sus nalgas y ante mis ojos incrédulos le sobara los glúteos al borde del abismo, yo solo tragaba saliva cuando el pasaba sus dedos muy cerca de los elásticos, llegando al borde del abismo, incluso, ella, ya perdida y fuera de control le dijera que ‘tenía unas manos excelentes’
Llegaba el punto de no retorno, mi mujer ya era quien conseguía sus turnos, quien se olvidaba de mí, y, aunque no lo habláramos, nuestro mejor sexo venía después de sus visitas a Daniel. Y él también lo notó, era hora de poner en marcha la siguiente parte del plan.
Esa tarde, Daniel le masajeaba desde las pantorrillas hasta casi a nuca, apenas tenía una colaless blanca, le había pedido que se soltara el sostén por la espalda y ella jadeaba como perra, era obvio que esto iba demasiado lejos, para ella, para mí, para él.
Una casual llamada que ya habíamos programado me sacaría del consultorio y los dejaría a solas, y Caro, lo tomó sin problemas, así que solo me retiré, una vez más con mi verga dura.
Sabía que eran solo unos minutos, porque era obvio que Caro estaba al borde del abismo y caería al mismo en la primera oportunidad, Daniel había mostrado ser un excelente estratega y según nuestros cálculos, yo los sorprendería en pleno acto.
Volví con sigila poco después, casi en puntas de pies, me acerqué a la puerta y no escuchaba mucho al otro lado, tuve dudas, pero sería ahora o nunca.
La abrí de golpe, él estaba recostado en la camilla, con los pantalones bajos, ella arrodillada a sus pies se la estaba chupando toda, engolosinada, perdida. El me miró, sabiendo que mi deseo se cumplía, ella hizo lo propio, compungida, como a un niño que se lo sorprende un dulce, esperando mi reacción.
Yo no dije nada, solo cerré la puerta y me acomodé donde siempre me sentaba, Caro parecía petrificada, casi parecía no respirar, entonces Daniel la tomó por los cabellos e hizo que poco a poco volviera al juego.
Caro se fue desentendiendo de mi presencia, y ante mis ojos volvió a meterse esa verga en la boca.
Un detalle que no se me hacía menor, es que mi socio tenía una verga bastante llamativa, bastante larga, bastante gruesa y hasta me sentí humillado en la simple comparación.
Mi mujer, solo tenía puesta la tanga, se había quitado el sostén y sus tetas se mostraban muy exquisitas, moviéndose de lado a lado
Sentí una ambigua sensación, por un lado, el placer de consumar mi deseo, de reconocerla entusiasmada como esa jovencita de la que me había enamorado algún día y sentir que esa llamita interior volvía a estallar como un volcán, pero también el miedo natural a la comparación, el sentir que se lo hacía con más ganas a él de lo que me lo hacía a mí, y hasta un sentimiento de envidia por el tamaño de la pija de Daniel.
Entonces fui a su lado, donde ella me miraba de reojo con su boca llena, embriagada en placer.
Solo la tomé de los cabellos y con moderada fuerza casi que la obligué a ponerse de pie, la miré con amor, puse mi mano libre sobre uno de sus pechos y note la dureza de ese pezón que parecía desafiarme, solo le di unos de los besos más grande y profundo que recordara haberle dado en mi vida, no sé, me parecía excitante y no pude resistir la tentación de besar esa boca llena de pecado, donde mi socio de turno terminaba de meterle la verga hasta la garganta.
El no perdería tiempo, volvió arrancarla de mi lado, la llevó sobre un sillón lateral, la puso en cuatro y empezó a cogerla muy rico, los gemidos de Caro envueltos en placer fueron miel en mis oídos, ella se mordía los labios y me miraba con deseo, fue mi turno de metérsela en la boca, y darle la oportunidad de disfrutar a dos hombres al mismo tiempo, como siempre había sucedido en mis pensamientos.
Lo hicimos por un buen rato, y mi mirada de casualidad se topó con la mirada del masajista, y nos entendimos en ese momento, es que la ventaja de tantas charlas previas era justamente que él sabía al dedillo el libreto de las locuras que yo tenía en mi cabeza
Fue mi turno de sentarme en el sillón recostado en el espaldar y el de ella de venir a cabalgarme, la sentí encendida como pocas veces la había sentido, me besaba, y yo besaba sus tetas mientras sus ricas caderas se movían acompasadas con mis manos que a su vez se llenaban con sus grandes glúteos, mientras Daniel se masturbaba y lubricaba su gran herramienta para dar el siguiente paso
Cuando él se preparó para lo que vendría a continuación, sentí hervir mi sangre, Caro lo intuyó, y no mostró ninguna intención de impedirlo y eso solo logró que llegara al borde de la locura
Entonces la aferré muy fuerte por las caderas y por la cintura, la miré directo a los ojos, y la expresión de su rostro desdibujándose en placer, frunciendo el ceño, abriendo su boca, exhalando un gemido contenido mientras Daniel lentamente y poco a poco se la iba metiendo por el culo, quedaría por siempre grabada en mis retinas.
Yo no podía con tanto, sentía la enorme verga de mi amigo presionando sobre la mía, entrando saliendo, aunque yo tenía mi pija clavada en su concha sentía casi en carne propia como él le hacía el culo a mi mujer, ella, entregada a la más caliente doble penetración que jamás hubiera imaginado era solo un ángel caído, entregada al placer, a los más bajos instintos, y yo, yo solo me sentía el hombre más afortunado del planeta.
Ya no pude evitarlo y solo me vine en su interior, mi semen caliente llenó su cueva y sentí la pegajosidad del momento correr por mi tronco, incluso salir expulsado hasta embeber mis bolas, mientras Caro, solo bramaba perdida por el placer que le daban entre dos hombres, clavándome en su inconciencia sus afiladas uñas en mi pecho, al borde de lastimarme y hasta hacerme sangrar.
Entonces Daniel recordó su rol, el libreto que tantas veces habíamos planificado, solo la sacó de donde estaba y la puso al costado, en cuatro sobre el sillón, dejándome en primer plano su exquisito trasero dilatado y su concha aun chorreando mis jugos. le dio una dulce nalgada y le dijo
Querés que siga perra? te gusta?
Si – respondió ella sin dudar – haceme tuya, haceme lo que quieras…
Él se acomodó cuidando el plano para que yo pudiera ver y sin contemplaciones volvió a enterrársela por el culo, para moverle la pija en su trasero, cuan larga y gruesa era.
Caro volvía al juego gimiendo, y aunque sea mi mujer, mi amor, tengo que decirlo, me sonaba tan puta que sentí una nueva erección, y solo empecé a masturbarme, y todo parecía el mismo infierno
Mi amigo entonces la tomó y la llevó sobre la camilla, sobre la que le hacía masajes, culito para arriba, incluso colocando una almohada bajo sus caderas, para dejarle el trasero aún más empinado.
Pasó una pierna al otro lado, como cabalgándola, con su pija dura esperando el momento, tomó aceite, el mismo que usaba para darle masajes y luego de untarle las nalgas volvió a llenarse las manos con ellas, muy íntimo, muy perfecto
No dudaría en medio de esa pista de patinaje erótica, volver a ensartarle el culo, arrancándole otro gemido, y más y más, la aferraba por la cintura, se la sacaba y se la metía por la concha, y me dejaba ver en primer plano como su esfínter estaba todo abierto y no podía cerrarlo, confieso que muchas veces había tenido la fantasía dejárselo así, pero claro, yo no tenía el grosor que él tenía, y a pesar de todo, verla así, en manos de otro, con una pija mucho más grande que la mía, me parecía la imagen perfecta de mis fantasías, y mientras los gemidos descontrolados de Caro me llevaban al abismo, él no dejaba de metérsela por uno y otro agujero.
Daniel no tardaría mucho, y mientras ella se acariciaba la conchita aun impregnada en mis jugos, el sacó su verga y dejándome notar nuevamente todo el esfínter dilatado, empezó a escupirle leche en grandes disparos que sabían cómo metralla.
Uno y otro y otro más, haciendo un desastre y cuando estaba por terminar volvió a metérsela bien profundo, aferrándola por las caderas y tirándola hacia su lado.
Fui presuroso sobre su rostro, la conocía, Caro abrió su boca esperando la recompensa y volví a hacerlo, en su lengua, en sus labios, y con esa cara de ángel y de puta llena de leche, cerraba esa tarde gloriosa.