11 Saltar al contenido

Todas las veces que le soy infiel a mi marido, las disfruto,. pregúntate si tu novia (si es que tienes) no te hará lo mismo?

Hasta hace unos años atrás, me la pasaba deprimida, llorando sin motivo o razón alguna, pero sabía en el fondo que estaba tremendamente deprimida.

Por culpa de mi marido, el cual apenas y me presta atención, en la cama, siempre está ocupado con sus negocios, hasta la misma hora de irse a dormir.

La primera vez que le fui infiel a mi marido, lo disfruté tremendamente, definitivamente no estaba enamorada del tipo con el que me acosté, lo que deseaba intensamente era seguir disfrutando de lo que estábamos haciendo.

Después de un largo rato, yo disfruté de un tremendo orgasmo, como hacía muchos años que no disfrutaba, mientras que él me llenó todo mi coño con su pegajoso semen.

Apenas tomamos aire nuevamente, no seguimos besando, y a los pocos minutos repetimos la misma función.

Después de lo cual ambos salimos del salón en el que habíamos estado teniendo sexo, yo me dirigí a un baño, con la intención de darme una buena lavada, mientras que él se retiró, ya que cuando regresé después de lavarme no lo volví a ver.

Pero el resto de la noche lo disfruté bailando de brazo en brazo, con cuanto hombre me lo pedía, sin importarme si mi esposo se daba cuenta o no de lo que yo estaba haciendo.

Al día siguiente después de levantarme, pensé detenidamente en la locura, que yo había hecho.

Pero me sentí tan y tan feliz de haberme comportado como una loca, y lo que sentí cuando me estaba penetrando.

Que lejos de sentirme arrepentida, me dije a mi misma, que no volvería a estar o sentirme deprimida más nunca en mi vida, y si acostarme con otro hombre que no fuera mi esposo era el remedio, con gusto lo seguiría haciendo.

Como a la semana, mientras me encontraba sola en casa, estaba comenzando a sentirme triste, como en otras muchas ocasiones, cuando al asomarme a la ventana de nuestro dormitorio, vi que el jardinero había llegado y comenzado a trabajar en el patio trasero como de costumbre.

Nada más de verlo, mi corazón comenzó a latir fuertemente, y no es que sintiera nada especial por él. Pero de sobra sabía que mi marido se encontraba en su oficina, y que no regresaría hasta ya entrada la noche.

Nuestro jardinero, es un hombre cincuentón, alto fornido, algo barrigón, velludo como un oso, y medio calvo, en definitiva, no es nada bonito.

Mientras lo observaba discretamente por la ventana, me acordé de que, en más de una ocasión, me había hecho sentir algo incomoda por su manera de mirarme.

Ya que prácticamente sentía que me desnudaba con su mirada, pero sin atreverse a decirme nada, ni faltarme el respeto.

Así que me quité la ropa que ya me había puesto, y me puse únicamente una corta bata de dormir semitransparente, me despeiné, y bajé a la cocina, la que se comunica con el patio trasero, por medio de un gran ventanal corredizo.

Actué como si recién me terminara de levantar de la cama, y me encontrase sola en casa, es decir, ni tan siquiera cerré mi bata, y apenas llegué a la cocina, me puse a preparar algo de café, como si me dispusiera a desayunar.

Casi de inmediato sentí la presencia del, que desde el patio me observaba, boquiabierto, desde luego que sentí sus ojos clavados sobre todo mi cuerpo, fue cuando me di vuelta de repente, haciéndome la sorprendida al verlo, lo invité a que pasara a la cocina.

Actuando de manera completamente despistada, hasta le ofrecí una taza de café, sin tan siquiera cerrarme la bata, aunque realmente de haberlo hecho, el jardinero hubiera seguido viendo mi cuerpo desnudo bajo la transparente tela.

A el jardinero, parecían que los ojos se le saldrían de sus orbitas, era tan evidente su manera de mirarme que, haciéndome la tonta, le dije de manera indiscreta. “Hay disculpe, al parecer se me soltó el lazo de la bata mientras preparaba el café, y como mi marido no se encuentra en casa, no me molesté en cerrarla.”

Tras cerrar la bata seductoramente, continué sirviéndole el café, era indudable que el jardinero se encontraba impresionado, y apenas se tragó su taza de café, salí al patio tal y como me encontraba.

Donde la luz del día permitía aún más que se transparentase todo mi cuerpo bajo la fina tela de mi bata de dormir.

En ese instante ya estaba bien segura de que el jardinero no saldría de casa, sin por lo menos echarme un buen polvo antes, por lo que se me ocurrió, provocarlo ligeramente.

Así que, dándole la espalda, manteniendo mis piernas ligeramente separadas, incliné mi torso hacía el frente mientras que con una de mis manos removí unas cuantas flores, en consecuencia, inmediata dejé ante sus sorprendidos ojos, gran parte de mi coño y culo.

Al tiempo que comencé a decirle, de manera sensualmente seductora. “Me podría usted hacer el favor de sembrar un buen nabo, en medio esta pequeña parcela.”

No bien yo había terminado de decir esas palabras en el tono y manera en que lo hice, que sentí las ásperas y gruesas manos del jardinero agarrándome fuerte y firmemente por mi cintura.

Casi de inmediato sentí como salvajemente me enterró prácticamente de un solo viaje, todo su miembro, dentro de mi coño.

Apenas comencé a sentir que mi coño era penetrado de manera tan brutal, no pude menos que dejar escapar un grito mezcla de dolor y placer.

Por un corto momento permanecimos de pie, para finalmente quedar los dos tirados sobre la tierra del jardín, las gruesas manos del, acariciaban todo mi cuerpo, al tiempo que continuaba clavándome fuertemente su verga dentro de mi mojado coño, y diciéndome. “Ya sabía yo, que algún día me la cogería.”

Mientras que yo sin dejar de mover mis caderas comencé a pedirle que me diera más y más duro.

En cierto momento en que él me hizo cambiar de posición me terminó de arrancar la pequeña bata de dormir que yo tenía puesta, dejándome completamente desnuda entre sus fuertes brazos.

Así estuve disfrutando de ser clavada por ese troglodita, sin importarme quien nos pudiera llegar a ver.

Hasta que él finalmente me abrazó con fuerza y se detuvo para derramar toda su leche dentro de mi coño.

Al tiempo que yo disfruté de un tremendo orgasmo, nada más de pensar que alguien nos pudiera haber visto.

Ese día lo pasé como un en sueño, tan es así que ni tan siquiera me cambié de ropa, ya que después de que se marchó, me volví a poner la corta bata de dormir, toda manchada de tierra por las manos del jardinero.

Cuando salí del baño después de lavarme el coño, me volví a poner la misma bata, y cuando mi marido llegó en la noche y me vio con ella puesta, me preguntó que había hecho todo el día, le dije, pero sin entrar en detalles que había estado en el jardín, en compañía del jardinero.

El eso pareció no darle importancia, por lo que comencé a pensar que mi esposo tenía que sospechar algo de lo que hice, o por lo menos imaginárselo.

Después de esa tarde, mis relaciones con mi amante de turno se hicieron unas muy salvajes, al punto que en ocasiones hasta me ha dado divinamente por el culo, cosa que a mi marido nunca de seguro se le llegaría a ocurrir, y que por no faltarme el respeto.

De igual manera, voluntariamente también me ha puesto a mamar su verga, dejando todo mi rostro y cuerpo bañado con su semen.

A raíz de mis encuentros en el patio con el jardinero, uno de nuestros vecinos se me acercó un día, en que yo tomaba el sol, tendida en nuestro patio, y sin mucho rodeo me dijo. “Vecina la otra tarde la vi revolcándose desnuda con el jardinero, en el medio del patio.”

Después de lo cual se quedó callado, como pensando qué continuar diciéndome, cuando yo sin perder el tiempo le dije. “Y ahora quieres que yo me acueste contigo, o prefieres irle con el chisme a mi esposo.”

Nuestro vecino atravesó la pequeña puerta de alambres, que divide nuestras propiedades, y me preguntó. “¿Qué es lo que tú prefieres?”

Sin decirle ni una sola palabra, tras sentarme en la tumbona donde tomaba el sol, llevé mis manos a su cremallera, se la bajé y rápidamente extraje su miembro, para de inmediato llevármelo a la boca, y dedicarme a mamárselo.

Pienso yo que se encontraba a punto de venirse dentro de mi boca, cuando me detuvo diciéndome. “Me gustaría comerte el culo.”

Y sin más ni más, me recosté boca abajo, nuevamente en la tumbona, al tiempo que me despojé de la parte inferior de mi bikini, diciéndole. “Está bien, pero la próxima vez te toca a ti, ponerte a mamar mi coño.”

De inmediato sentí sus ensalivados dedos, acariciando mi esfínter, y a los pocos segundos, como su verga se abría paso dentro de mi apretado culito.

Esa noche cuando mi esposo regresó a casa, me comentó que se había encontrado con nuestro vecino, y que este le comentó que habíamos pasado un grato agradable, mientras que yo tomaba el sol.

Lo que por lo visto a mi esposo eso no le incomodó, pero a mí sí, ya que me puse a pensar que mi esposo, debía tener alguna amante dentro de la empresa, y por esa razón no me ponía atención alguna a mí.

Así que contraté un detective, únicamente para que me dijera, que mi marido era todo un adicto al trabajo, y hasta me comentó que una de las secretarias, había tratado inútilmente de metérsele por los ojos.

Cuando el detective me entregó el informe, yo me encontraba en su oficina, y tras pagarle con un cheque.

Se me ocurrió disfrutar de un momento de esparcimiento, así que, sentada frente a su escritorio, simplemente me bastó abrir descaradamente las piernas, para que él actuase de inmediato.

Hoy en día he desarrollado más de una manera de indicarles a los hombres, y a una que otra mujer, que me encuentro disponible en ese preciso momento, y no en otro.

Mis deslices, como dice una amiga íntima mía, en cierto momento pensé que mi marido estaba al tanto de ellos, hoy sé que puedo estar prácticamente acostada con otro hombre a su lado, y el pobre ni cuenta se da.

Lo digo porque en una ocasión mientras nos encontrábamos en nuestra finca, estaba en los viñedos, tirada sobre la tierra dejando que dos de los peones me clavasen sus vergas, cuando apareció mi marido.

Él pasó a unos pasos de donde nos encontrábamos dos peones y yo completamente desnudos, y ni tan siquiera se dio cuenta de que toda mi ropa y las de esos dos hombres estaba regada.

Esa tarde entre los dos me clavaron tanto por el coño como por el culo al mismo tiempo, haciéndome la mujer más feliz del mundo en esos momentos.

Es más cuando regresé a la casa de la casa estaba satisfechamente cansada, toda sudada, y hedionda a sexo.

Cuando mi marido me preguntó que había estado haciendo, le dije. “Revisando los viñedos” El pobre se quedó como si nada, y continuó leyendo sus papeles.