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Soy la más puta. Entre putas soy la puta Reina.

Como recepcionista de una Clínica, debo tratar con diferente clase de personas. Algunos que te prepotean y maltratan como si la demora en el horario de consulta fuera culpa tuya y otros que se lo toman con soda y esperan su turno pacientemente, sin hacerte ningún problema. Entre estos últimos estaban Dora y Abel, un matrimonio mayor, ella 80, él 75, con más de 50 años de casados que siempre me traían algún presente, chocolates, bombones, alguna bijouterie, y se sentaban a esperar hasta que eran llamados.

El día de mi cumpleaños se aparecieron con un ramo de flores gigante, no tenían consulta, pero igual pasaron para saludarme.

Por supuesto que me terminé encariñando con los abuelos, y cuándo podía los hacía entrar antes al consultorio, por supuesto sin que se dieran cuenta los demás pacientes.

Con el tiempo dejaron de venir, ya no llamaban para pedir turno, así que llamé al teléfono que estaba en la historia clínica. Me atendió uno de los hijos, para confirmarme que Dora había fallecido hacía unos pocos meses. Lo lamenté en el alma, le di el pésame y le pregunté por Abel. Obviamente me dijo que estaba destrozado, que había pasado gran parte de su vida con ella y no sabía cómo seguir adelante.

-Hace tiempo que no viene a la consulta, quizás hablar con el Doctor, ver a los otros pacientes lo anime un poco- le sugiero.

Me dice que intentaron que saliera, para reencontrarse con amigos, pero se niega. 

-Y si le hablo yo…- le digo.

Quedamos en que llamaría al otro día, en un horario en que estuviera con su padre. El día en cuestión llamo y me pasa con él. Lo noté decaído, sin ese ánimo que siempre demostraba. Hablamos un rato, le dije que tenía ganas de verlo, que tenía una sorpresa para él, algo que, esperaba, le hiciera más llevadero éste momento. Finalmente lo convencí y le di un turno para esa misma semana.

El día de la consulta, como siempre, me trajo una caja de bombones. Lo abracé, le dije que lamentaba mucho lo de Dora, y que mi sorpresa era para después que viera al Doctor.

Cuándo sale del consultorio, un poco más reanimado, aunque con ese dejo  de tristeza que la ausencia de Dora le marcaba, ya estaba terminando mi turno. A propósito le dí ese horario, para que coincidieran nuestras salidas.

Me pongo el saco encima del uniforme, agarro la cartera y le digo que lo acompaño a tomar el taxi. 

-Te debo una sorpresa…- le recuerdo en la esquina, mientras esperamos.

-No hace falta…- me dice -Siempre fuiste muy amable con Dora y conmigo, eso ya es suficiente-

-Bueno, pero mi sorpresa empieza así- le digo, tomándolo de la mano.

-¿Querés saber cómo sigue?- le pregunto, manteniendo mis dedos entrelazados con los suyos.

Ni lo piensa.

-Me gustaría- asiente.

Siempre tomados de las manos, empiezo a caminar hacia el albergue transitorio al que vamos siempre con el Doctor, el que está a la vuelta de la Clínica.

-¿Estás segura de ésto?- me pregunta cuándo llegamos a la puerta.

-¡Muy segura!- le digo con énfasis -Quiero darte esto-

El sexo me había rescatado en un momento en el que me encontraba sin rumbo, atrapada en una rutina tóxica y destructiva. ¿Porqué no habría de hacer lo mismo con él?

No hace falta que ninguno diga nada más. Entramos al telo, y aunque el regalo era de mi parte, como buen caballero insiste en pagar el turno.

Entramos a la habitación y antes de que se quite el saco, me acerco y lo beso en la boca. Es la primera vez que estoy con alguien de su edad. No sabía que esperar, pero debo decir que no me disgustó besarlo. 

Mientras me desnudaba, se me ocurrió que tal vez tendría que haber llevado Viagra, pero cuándo quedó en bolas y le ví la erección, me di cuenta de que no hubiera hecho falta.

Al tocársela, y más aún mientras se la chupaba, sentía en todo su esplendor la privilegiada dureza que poseía. 

Luego, en esas charlas posteriores al sexo, me contaría que con Dora hacían el amor, por lo menos, una vez a la semana, incluso hasta unos días antes de su muerte. ¡Mira vos!, pensé. Esos abuelitos, con todos sus achaques encima, al final tenían más sexo que yo con mi marido. No pude evitar sentir una punzada de envidia, aunque debo admitir que en éste último tiempo estoy recuperando el tiempo perdido, aunque no con mi marido precisamente.

Abel está acostado de espalda, las piernas abiertas y extendidas, yo echada entre ellas, chupándole la pija con el mayor de los anhelos. 

Le paso la lengua arriba y abajo, como si fuera un helado, sorbiendo la cereza de la punta que parece hincharse más y más con cada chupada.

Su cuerpo es el de un hombre mayor, con las arrugas y marcas propias de su edad, aunque su sexo parece no corresponderse con el resto de su anatomía. Es la primera vez que me cojo a un septuagenario, por lo que no tengo forma de comparar, pero su erección me resulta comparable con la de cualquiera de mis amantes. Yo me esperaba, no sé, una pija débil, fláccida, apagada, pero en vez de eso me encontré con un pedazo de Gloria. 

Me levanto, me meto los dedos en la concha, para relajar las paredes interiores, y me siento sobre su vientre. Llevo una mano hacia atrás, le agarro la poronga, y acomodándola en la entrada, me la meto toda adentro. 

El suspiro que atraviesa mi garganta y estalla en mi boca me agarra desprevenida. No lo esperaba, pero una ráfaga de placer se extiende por todo mi cuerpo cuándo esa pija añeja y casi centenaria queda clavada en mí.

Apoyo la cara en su hombro, las tetas en su pecho, y tengo un orgasmo que me eleva hasta el Séptimo Cielo.

Me quedo un rato ahí derrumbada, gozando del impacto, mientras él me agarra del culo y se empieza a mover desde abajo. De nuevo los suspiros escapan de mi boca. Abel me mira extasiado, como no pudiendo creer estar haciendo gozar de esa manera a una mujer mucho más joven.

Cuándo me recupero de ese trance extático, el primero de los muchos que tendría con él, me enderezo sobre su cuerpo y me empiezo a mover yo, arriba y abajo, rubricando cada ensarte con un gritito de placer.

Luego me echo de espalda y lo arrastro conmigo, haciendo que se eche encima mío, entre mis piernas, recibiendo toda su verga con un nuevo estremecimiento.

Los dos nos movemos, besándonos por entre los jadeos y suspiros, disfrutando de ese banquete de lujuria que nos estamos prodigando.

El aguante del abuelo resulta prodigioso, ya que mientras yo acabo de nuevo, él sigue con la dureza intacta, hundiéndose una y otra vez en mi interior.

Cuándo llega su orgasmo, lo recibo todo adentro, disfrutando esa balsámica disolución que se mezcla con la mía, formando entre ambas un tórrido caudal de puro fuego.

Se queda encima mío, aún después de haber acabado, suspirando complacido, recuperando de a poco el ritmo normal de la respiración. No quiere bajarse, y yo tampoco quiero que se baje, me gusta sentirlo así, revitalizado, entero, como si el luto ya fuera parte del pasado.

Cuándo finalmente se echa a un lado, dejándome la leche chorreando entre las piernas, me vuelvo hacia él, le doy un beso y le digo:

-Al final el regalo me lo estás haciendo vos a mí-

-Después de Dora, es la primera vez que estoy con otra mujer, fue mi primera novia, y nunca le fui infiel- me confiesa.

-Yo no puedo decirte que no haya estado con otros hombres aparte de mi marido, pero sí que fue el mejor polvo que tuve en mucho tiempo- le confieso también.

Sinceramente nunca me imaginé que llegaría a coger con Abel. Ese abuelo tierno y jovial, que llegaba del brazo de su esposa, nunca me había incitado otra cosa que ternura. Y sin embargo ahí estaba, en la cama de un telo con él.

Pero más allá del sexo, que estuvo muy bueno, me siento feliz por haberlo ayudado a superar la congoja la partida de su esposa le había dejado. La forma en que me sonrió cuándo le dije lo del regalo, el brillo en sus ojos, eran señales de que el primer paso estaba dado, y yo estaba más que dispuesta a acompañarlo el resto de ese camino.