Saltar al contenido

Lo que descubrí sobre mí, al andar sin pantis!

A medida que iba caminando rumbo a la oficina, no dejaba de pensar en el mal rato que había pasado en la oficina del psicólogo al que fui, por recomendación de mi esposo, lo que ese tipo me había dicho, apenas sin conocerme, para mí fue una total falta de respeto.

Esa tarde al regresar a la oficina, apenas pude me dirigí al baño, pero como había otra empleada dentro, debí esperar un momento, el mismo momento en que me dieron unas ganas tremendas de orinar, las que, a duras penas, pude controlar, no sin antes dejar que se me escapase un chorrito.

Por suerte la señora a cargo de la limpieza salió del baño finalmente, momento que aproveché yo para entrar.

Me subí mi corta falda, me bajé los pantis, al tiempo que me sentaba en el bidet. Para finalmente dejar escapar gustosamente una gran cantidad de orina.

Lo incomodo de todo eso, fue que los pantis se me mojaron con mi oriné, por lo que me los quité, y tras asearme adecuadamente, las enjuagué en el lavamanos.

Pero, así como estaban de mojadas no me las pensaba volver a poner. Mentalmente me dije. “Ahora, cuando salgas de trabajar, pasas por alguna tienda, y te compras otras.”

Y no pensé más en ello, regresando a mi escritorio de inmediato. Durante el resto de la tarde, preparé un sinfín de documentos, pero al salir, una de mis compañeras de trabajo, me invitó a tomarnos algo, ya que como era viernes, y bien yo acepté, después de llamar a mi esposo, y decirle que iba a salir con una compañera de trabajo.

Esa noche, si me di cuenta de que un sinfín de hombres, y hasta varias mujeres, se la pasaban mirándome, pero yo la verdad por mi mente no pasaba a que se podía deber.

Por lo que le pregunté a mi amiga, y ella tras darme un rápido vistazo me dijo que no había notado nada.

Pero apenas ella regresó del baño, se me acercó a mi oído, y me preguntó. “¿No crees que se te ha olvidado algo?”

yo de manera inocente me puse a pensar, para finalmente decirle que no, fue cuando mi amiga me dijo al oído. “Entonces fue que decidiste andar sin pantis el día de hoy.”

Lo cierto es que de momento me sentí sumamente avergonzada, pero por un muy corto rato, ya que de inmediato cuando mi amiga me dijo. “De haber sabido que te ibas a sentir tan mal, mejor ni te lo hubiera dicho.”

Al escuchar sus palabras, algo en mí como que hizo clip, y me dije a mi misma. “Pero bueno pendeja, si la estas pasando tan bien, no dejes que eso te dañe el resto de la noche.”

Así que, tras darme un buen trago, procuré seguir actuando como si nada hubiera sucedido.

Por lo que cuando un tipo me sacó a bailar, sin conocerlo, acepté. Y la verdad es que fue cuando verdaderamente comencé a divertirme, de lo lindo.

Ya que él a medida que fuimos bailando, digamos que se tomó la libertad de agarrar mis nalgas. Y estando en eso, se me ocurrió decirle. “Ando sin pantis, así que, con cuidado, que no quiero mostrarle mis nalgas a todo el mundo.”

Él se sonrió, y fue cuando en un tono, medio travieso me preguntó riendo. “¿Y a ti solo te agradaría mostrarme tus lindas nalgas, a mí?”

Quizás fue el momento, o el que yo me había dado unos cuantos tragos, o quién sabe qué, pero encantada de la vida le respondí que sí.

Seguimos bailando por un rato, y al regresar a la mesa, me despedí de mi amiga, y lo acompañé a él hasta su auto, en el que apenas nos montamos, yo en lugar de mantener mis piernas juntas, las dejé completamente abiertas, mostrándole todo mi depilado coño.

Al poco rato ya nos encontrábamos en un conocido Motel, y no bien detuvo su auto, me pidió que me esperase un momento. Momento en que el con rapidez tras bajarse, dio la vuelta, y abriendo la puerta de lado, me dio la mano para ayudarme, pero sin quitar sus ojos de mi coño.

Así que una vez que entramos a la habitación del motel, me pidió que me sentase, mientras que él se quedó de pie observándome, sin quitar su vista del área de mi vulva.

Por lo que apenas tomé asiento, y bien consciente de su interés por mi coño, con toda mi calma, fui cruzando mis piernas, primero para un lado y luego para el otro, para finalmente dejarlas separadas. Ofreciéndole todo el espectáculo de mi coño al aire.

No sé qué fue lo que le sucedió a él, pero se me acercó, y ya estando a como menos de un metro de mí, se agachó, colocó sus manos sobre mis rodillas, y sin que yo se lo pudiera o quisiera impedir, colocó su rostro sobre mi coño.

De inmediato se dedicó a darme una tremenda mamada de coño, como jamás ni nunca antes me la habían dado.

Y a medida que él me fue mamando todo mi coño, y yo sentía como me chupaba los labios de mi vulva, lamía y mordisqueaba sabrosamente mi todo clítoris.

Yo me fui quitando una a una todas las piezas de ropa que aun cargaba puestas hasta que me quedé completamente desnuda.

El placer que él me prodigaba fue tal que en varias ocasiones a medida que sentía como su lengua, labios, y hasta sus dientes, tenían contacto directo con toda mi vulva, con los labios de mi vagina, así como con mi clítoris, disfruté de un sin número de orgasmos.

Restregando su rostro con mis dos manos contra mi coño. Luego terminamos en la cama, en la que continuó haciéndome sentir muy feliz, un sin número de veces, al penetrarme con su caliente y dura verga.

Ambos nos encontrábamos tan excitados, que aun y después de que él se vino, y yo disfruté de mi enésimo orgasmo, nos dedicamos a realizar un 69, por lo que al poco rato su miembro se encontraba en condiciones, para volver a penetrarme, pero como yo no me había lavado.

Mi momentáneo amante se empeñó en querer darme por el culo, cosa que ni a mi esposo le he permitido, más que todo por miedo a que me doliera mucho.

Pero bastó que se pusiera a lamer mi culo, que yo sin oponer resistencia le permití que me penetrase, por mi apretado culito.

Lo cierto es que siempre me llegó a doler algo, pero el placer que me hizo sentir fue algo indescriptible, ya que a medida que me fue enterrando su verga entre mis nalgas, con fuerza me agarraba todo mi coño, haciéndome disfrutar de algo completamente desconocido para mí por lo menos hasta ese momento.

Cuando salimos del Motel, ya eran casi las once de la noche, como todo un caballero, me llevó hasta mi casa, y tras darle mi número de teléfono de mi trabajo, nos despedimos con un ardiente beso.

Apenas entré a mi casa, me encontré a mi esposo viendo la tv., pero como ni me preguntó por qué había llegado tan tarde, voluntariamente le conté del mal rato que me hizo pasar el psicólogo al que fui en la mañana, lo del pequeño incidente del baño, y hasta que realicé un levante en el bar al que fuimos mi amiga y yo.

Todo eso con lujo de detalles, al terminar de contarle todo, se me quedo viendo de pies a cabeza, dándome la impresión de que no me había creído nada de lo que le había dicho.

Yo por mi parte, me fui a dar una buena ducha, me aseé bien, y apenas salí de la ducha me fui acostar.

Yo no sé si mi marido pensó que yo le estaba jugando una pesada broma o qué, pero desde ese día sigue actuando como si yo le hubiera contado un chiste.

Mientras que yo por mi parte descubrí que eso de andar sin pantis, aparte de que me hace sentir sumamente fresca, es un tremendo gancho cuando deseo algo de acción extra…