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Por amenazarme con divorciarse. Puto. Parte 1

Querida, preparar ese culo, que esta noche tengo ganas de comértelo

Hasta hace unos cuantos meses, mi esposa y yo nos encontrábamos felizmente casados, aunque como en la mayoría de los matrimonios, ocasionalmente teníamos algún tipo de discusión, pero con el pasar del tiempo, mi esposa se puso a joder mucho.

Y en la mayoría de nuestras discusiones ella las terminaba diciéndome de manera amenazante. “Mejor nos divorciamos y cada uno por su lado.”

La mayoría de las ocasiones, cuando yo daba por terminada la discusión, me ponía a ver televisión, o iba al bar del que soy dueño, a pasar el mal rato bebiendo con alguien.

Pero un día finalmente me cansé de sus rabietas y amenazas de divorcio, y en esa ocasión que ella me volvió amenazar con divorciarnos simplemente me levanté de la butaca en la que veía la tele, me le quedé mirando fijamente y le dije. “Esta bien, mañana vamos donde un abogado para que comience los tramites del divorcio.”

Mi mujer se quedó como congelada, sin saber que responderme, además agarré una cobija mi almohada y me fui a dormir a otra habitación. Mientras que ella llorando se encerró en la nuestra. Por lo general duermo sin nada de ropa encima, a lo sumo una sábana o cobija, pero más nada.

De momento lo único que se le ocurrió para despertarme fue retirar la sabana que me cubría parcialmente, desde la cintura hasta los pies. Una vez que hizo eso, su siguiente pasó, tras tirarse al piso al lado de la cama, me agarró la verga y suavemente comenzó a pasar su lengua por la cabeza de mi verga que, en cosa de pocos segundos, se me puso bien dura.

De eso, a ponerse a mamar mi verga, fue cosa de corto tiempo. Cosa que en infinidad de ocasiones le había pedido que me hiciera eso, y ella en muy raras por no decir que en muy pocas ocasiones me había complacido.

A medida que me fue mamando mi verga, se me fue poniendo más dura y erecta. Y al poco rato ya me encontraba bien despierto, disfrutando plenamente de lo que mi mujer me estaba haciendo con su boca.

Esa noche le mamó mi verga, por las muchas veces que se había negado hacérselo. Pero ni ella ni yo nos conformamos con eso, en esa misma cama, se recostó a mi lado dándome la espalda, y a los pocos segundos sentí como mi miembro penetraba su coño de manera bien brusca y salvajemente, hasta que después de un buen rato, sin consideración alguna me vine, justo en el momento en que ella comenzaba a disfrutar.

Como conozco bien a mi mujer, se que se debió sentir como una puta por lo que hizo, y de seguro se convenció a sí misma que era lo que más le convenía, ya que en realidad eso de amenazarme con divorciarnos, en realidad es tan solo eso una tonta amenaza de su parte.

Al siguiente día ambos nos levantamos como si no hubiéramos discutido, y así pasamos un par de semanas, hasta que por algo sin ninguna importancia volvimos a discutir.

La discusión fue tomando cuerpo y también comenzamos a comenzamos a recordar y a sacarnos en cara, algunas tonterías que habíamos dicho o hecho. Hasta que ella volvió a cometer el mismo error, y me amenazó con divorciarnos.

Casi de inmediato, le dije de lo más calmado. “Dime cuando estés lista para que llame al taxi y te venga a buscar.” Mis palabras la dejaron por completo confundida, fue cuando le dije, sonriendo. “Acuérdate que esta es mi casa, así que dime cuando quieres que llame al taxi.”

Mi mujer se quedó sin saber que responderme, y fue cuando completamente asustada por mi reacción, que sin pensarlo dos veces y tragándose todo su tonto orgullo, se puso a llorar, y se tiró al piso y arrodillada a mis pies, comenzó a pedirme que la perdonase.

Sin dejar de ver como ella se humillaba a mis pies, le dije. “Y ahora que mosca te pico, o es que te distes cuenta de que metiste la pata, pendeja.”

Ella en medio de todo, de seguro que las ganas que tenía en ese instante era la de mandarme al carajo. Pero ante el temor de realmente divorciarnos, se quedó en silencio.

En ese momento le dije. “Bueno, bruta si no quieres que nos divorciemos, de ahora mismo en adelante, vas a tener que complacerme en todo lo que te ordene, y sin chistar.” Ella tras secarse las lágrimas con la manga de su blusa, levantó su rostro, y aunque sin decir palabra, asintió afirmativamente con su cabeza.

A lo que le respondí. “Así me gusta, que no digas ni una sola palabra a menos que yo así te lo ordene. Veo que en realidad no eres tan bruta, después de todo.” Aunque cuando yo iba diciéndole esas palabras, de seguro por dentro mi mujer, se cagaba en mi madre.

En ese momento, me le quedé viendo, y le dije. “Ahora quiero que, de ahora mismo en adelante, mientras estés en casa, en todo momento andes desnuda, a menos que yo te ordene lo contrario. Pero ya sabes solo si yo te lo ordenó, te vistes.”

De lo más resignada, mi esposa nuevamente asintió de manera afirmativa con su cabeza, al mismo tiempo que comenzó a quitarse toda la ropa frente a mí, en el medio de la sala, mientras que yo continué diciéndole. “Cuando yo te ordene algo, lo haces sin discutir, y con una sonrisa en tu rostro, aunque por dentro te estés cagando en mi difunta madre. Como seguramente lo debes estar haciendo ahora mismo.”

Lo mejor de todo es que la conozco tan y tan bien que de seguro yo estaba en lo cierto, por lo que mi mujer mostrando una hipócrita sonrisa, sumisamente siguió afirmando con su cabeza todo lo que yo le decía.

Lo siguiente que le ordené, fue que me preparase un trago, cosa que a ella le indigna hacer, pero después de recoger su ropa del piso, y dejarla en nuestra habitación, hizo lo que le había ordenado, tras lo cual, no le di ninguna otra orden.

Mientras que ella tal como se encontraba se dispuso a calentar la cena, para los dos. Yo me puse a ver televisión, y ocasionalmente le pedía uno que otro trago, fue cuando ella se dio cuenta de que yo estaba viendo un video porno.

Por lo que se retiró al cuarto, pero justo antes de entrar, le grite desde la sala, a toda voz. “Querida, preparar ese culo, que esta noche tengo ganas de comértelo.”

Lo cierto es que nunca en los muchos años de casados que llevábamos, mi mujer me había complacido en eso, ya que para ella eso era una abominación, propia de animales, y las pocas veces que se lo había pedido, ella bien molesta conmigo, me dejaba de hablar, y se negaba a tener sexo a menos que no le pidiera una disculpa.

Pero en esos momentos, como que se dio cuenta que nada valía que se indignase, o se negase, ya que la única solución de evitar eso, era marcharse de casa, yo sé que mi mujer no quería ni que le diera por el culo, y mucho menos marcharse de casa, pero de dos males escogió el menor, así que resignada se fue a la cama.

Ya estaba dormida, cuando coloqué mis manos sobre sus nalgas, y aunque mi mujer no es, o mejor dicho no era una experta en relaciones anales, en esos momentos, por lo menos atinó a ponerse algo de vaselina, entre sus nalgas, dentro y sobre su esfínter, antes de acostarse.

Creo que ella vio el diablo, lo digo por el fuerte grito de dolor que pegó, cuando tras colocar mi glande contra su esfínter, y sin compasión alguna, de un solo golpe le he enterrado toda mi verga.

Las lágrimas se le saltaron, y de seguro maldijo en silencio a mi madre una infinidad de veces a medida que comencé a meter y sacar mi verga de su culo, al tiempo que, dándole una fuerte y ardiente nalgada, le ordené que moviera las nalgas.

Lo cierto es que después del fuerte y desesperante dolor que sintió cuando mi verga comenzó a ir atravesando su culo al poco rato ella movía sus nalgas de manera voluntaria, y hasta las restregaba contra mi cuerpo, buscando sentir más y más dentro de su culo mi verga.

Mi mujer estaba tan y tan excitada que a medida que yo, con gran fuerza tomándola por sus caderas la apretaba contra mi cuerpo, ella llevó una de sus manos directamente a su coño, y al mismo tiempo introducía y sacaba sus dedos, cuando no era que con sus dedos índice y pulgar apretaba como una loca su propio clítoris, hasta que disfrutó de un tremendo orgasmo.

Eventualmente me vine dentro de su apretado culito, y no fue hasta la madrugada que retiré mi verga de su culo.

Después de esa noche, se acostumbró a andar sin nada de ropa puesta dentro de la casa, hasta incluso en nuestro patio trasero andaba desnuda, ya que los altos paredones no permitían que ningún vecino la viera.

También se acostumbró a que indistintamente le diera por el coño, el culo o hasta por su boca, cuando a él así se me antojaba.

Pasaron unas cuantas semanas, cuando yo, me acuerdo qué por un comentario que le hice, sobre su cuerpo, estaba disgustada conmigo, la cosa es que me di cuenta de eso, y la regañé.

Ella no se dio cuenta de inmediato del error que había cometido, pero cuando comenzó a discutir conmigo, hasta que le dije. “Ahora si es verdad, que te vas pal carajo.”

Cuando me escuchó sumamente enfurecido, fue que cayó en cuenta de que había metido la pata. De inmediato se arrepintió de haber dicho lo que me dijo, y tras tirarse a mis pies, me pidió perdón, llorando.

En ese instante le dije. “Has aumentado de peso, no gran cosa, de hecho, hasta me gusta que te veas así, pero yo te lo hago notar de buena fe, y tú me sales con esa malacrianza. Es como cuando te pones esos vestidos súper cortos, para ir de compras, o al gimnasio, y yo por tu bien te lo digo, pero no tu por lo visto lo que quieres es que cuando vas al centro comercial te vean las nalgas y hasta el coño verdad. O ¿es que estas buscando un macho en la calle? Respóndeme.”

Mi esposa se quedó callada en silencio, seguramente ante el temor de que la botase de la casa. Pero de inmediato continué diciéndole. “Sí lo que tú quieres es provocar a otros hombres, que te vean desnuda y se acuesten contigo. Dime si es eso, que te puedo complacer ya mismo.”