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Señora puta de las cuatro décadas.

Nunca había experimentado un levante callejero. De chica me decían piropos por la calle, o al pasar frente a una obra en construcción, los obreros me engalanaban con toda clase de guarangadas. Demostraciones que hoy en día serían consideradas acoso sexual, pero aunque nunca me sentí realmente acosada, lo cierto es que no era de las que se iban a la cama con el primer tipo que se les cruzara. Y atención a la expresión «no era».

Para mí el sexo tenía que ser con amor, por eso mi primera vez fue con quién sería mi marido, y aunque obviamente que no esperamos a casarnos para tener sexo, recién me entregué a él cuándo nos comprometimos, cuándo supe de corazón que era el amor de mi vida.

Durante años me dediqué a mi esposo y a mis hijos, olvidándome de mí, de mi cuerpo, de mis sentimientos y emociones.

Ya ustedes saben lo que pasó, no me voy a repetir, pero en ésta segunda chance que me está dando la vida, sentía que me merecía que alguien me levantara por la calle.

No tuve que buscar mucho, aunque hoy es un poco más difícil con lo del «Me Too» y el empoderamiento femenino, fue relativamente fácil conseguir lo que buscaba.

Ese día, al salir de la Clínica, decidí volver a casa en colectivo, en vez tomar un taxi como de costumbre. Si tengo que apelar a la honestidad brutal, debo admitir que estaba con ganas de coger. El Doctor me había dicho de ir al telo, y el Director me estaba buscando, pero quería algo diferente, no el mismo menú.

Lo que buscaba era algo casual, espontáneo, un «choque y  fuga», no me interesaba sumar un amante más a los que ya tengo.

Así que mientras espero en la parada de la línea 12, veo que un muchacho me observa con insistencia. No debe tener más de 25 años, el pelo bien corto, barba de tres días, alto, de cuerpo robusto y trabajado. Aún con ropa se nota que hace fierros.

Aunque viene el colectivo, lo dejo pasar, ya que no veo que él vaya a subirse. Ya me había decidido a subirme tras de él, tomara el que tomase, ya que ahí paraba también el 37. Pero al ver que los colectivos pasaban y ninguno avanzaba, decidí acercarme.

-Perdón, pero ¿nos conocemos?- le pregunto, tratando de no sonar intimidante.

-Perdoná si te estaba mirando, pero es que… no lo tomes a mal, pero… te veía parecida a mi mamá-  me responde con un poco de rubor en las mejillas.

-¡Uhhhh, me mataste! Y yo que pensaba que me querías levantar- le digo con una sonrisa, demostrando que no me lo tomo como algo negativo, sino que, por el contrario, me resulta halagador.

Tarda en retrucarme, como evaluando lo que va a decir, para no embarrarla. Ya me estoy dando la vuelta, para irme, cuándo finalmente se decide.

-Bueno, una cosa no quita la otra- repone.

Le sonrío…

-¿Entonces, me invitás a tomar algo o nos quedamos acá parados como dos paparulos?- bromeo.

-Sí, claro, vamos a tomar algo- asiente.

Estamos a media cuadra de mi trabajo, por lo que vamos a la misma confitería en la que el Doctor suele tener sus «breaks». Allí me cuenta que se llama Fernando, que es estudiante de Medicina, casualmente en ese momento estaba yendo a la Facultad.

-¿No te estoy haciendo perder una clase o exámen importante?- le pregunto preocupada.

-Nada que no pueda recuperar, además prefiero estar acá, con vos- me asegura.

-Entonces, me decías que me parezco a tu mamá- le recuerdo.

Me dijo que tenía 24 años, yo tengo 43, así que podía ser su madre tranquilamente. Además, cuánto más me hablaba de ella, más me daba cuenta de que ese pibe tiene un complejo de Edipo galopante.

-Ahí esperando el colectivo, de costado, en la forma en que estabas parada, te veía igual. Por un momento pensé que se había venido de Biedma a darme una sorpresa-

-Así que sos del Sur, ¿hace mucho que no la ves?-

-Estuve para su cumpleaños, a mediados de marzo-

-Imagino que la debes extrañar un montón-

-Un montón es poco, jajaja…-

-Y decime, ¿ésto es solo un café o te vas a ir con tu madre postiza a un telo?-

Caída la ficha del Edipo, sabía que el flaco no se podría resistir a encamarse con una mujer que, según él mismo, era muy parecida a su mamá.

Me mira y se sonríe.

-Vengo queriendo eso desde que te vi esperando el colectivo- admite.

-Conozco un lugar acá a la vuelta…- le digo, refiriéndome al mismo albergue transitorio al que suelo ir después del trabajo.

Nos levantamos, salimos de la confitería y vamos al telo. El recepcionista es el mismo que me ve entrar asiduamente con el Doctor, con quién había estado el día anterior.

Entramos a la habitación, dejo la cartera en el sofá, él deja la mochila y la campera, me le acerco y en tono maternal le digo:

-¿Cómo estás hijo mío? Veo que creciste bastante- acariciándole sin recato alguno la entrepierna.

En efecto ya se está armando, con esa potencia y energía digna de su juventud. Nos abrazamos y besamos con pasión. No empieza como algunos, con piquitos, o tenues roces de labios, no, directamente me come la boca. Me toma por sorpresa, pero le respondo metiéndole la lengua y frotándola contra la suya.

Sin dejar de besarme me agarra del culo y me lo aprieta. Es el primer pendejo que me como, mis otros amantes son todos mayores de 30, por lo que me siento ansiosa y entusiasta, frotándome contra su cuerpo como una gata en celo, sintiendo aún por encima de la ropa, la tensión de sus músculos.

Le desabrocho el pantalón, se lo bajo junto al slip, y hago que se siente en el borde de la cama. Me echo en el suelo, por entre sus piernas, y enfrentándome a su verga, que ya está bien parada y reluciente, con voz melosa, le digo:

-Ahora es el turno de mamá de tomar la mamadera…- le paso la lengua a todo lo largo, de abajo hacia arriba, y metiéndomela en la boca, le doy una chupada que lo pone en estado de trance.

Tiene una buena pija el pendejo, gorda, grande, con las venas bien marcadas, como si con ella también levantara pesas.

Le suelto una escupida y con la saliva se la refriego a todo lo largo, apretándola, haciendo que la cabeza se hinche y enrojezca más todavía. Se la chupeteo, se la muerdo, le doy un montón de besos, de chuponcitos ruidosos y entusiastas. 

La tiene al rojo vivo, así que me levanto y me pongo en bolas. Toda la ropa, incluida la interior, queda desparramada por el suelo, en torno a mis pies. Me subo encima suyo, y le pongo la concha delante de la boca. Con la lengua alcanza a lamer las gotitas que me cuelgan de los pendejos. Me agarra fuerte de los muslos, tanto que me deja sus dedos marcados, me atrae hacía sí, y me chupa con el mayor de los deleites. Cierro los ojos y me entrego al gusto que da cuándo te saborean como si tuvieras el mejor manjar entre las piernas.

Será joven pero sabe cómo chupar, dónde lamer y mejor aún, dónde presionar para provocar esas reacciones que mi sexo tanto agradece.

Me mojo, me humedezco rápido, humedad que él saborea con avidez.

Resbalo por su cuerpo hasta ubicarme encima de su pelvis, le agarro la pija con una mano, y me acaricio los labios con la punta.

-¿Con o sin…?- le pregunto.

Me mira extrañado.

-Con o sin forro- enfatizo.

-Sin… quiero sentirte- repone.

-Yo también…- coincido.

Me dejo caer sobre esa carne joven y vital, clavándomela hasta los pelos. Los dos explotamos en gemidos al quedar íntimamente abrochados. 

Me agarra de las tetas y me las aprieta, me atrae hacía sí para chupar y morder, dejando impresas en mi sensibilizada piel las marcas de su calentura.

Mientras él se da el gusto de chuparme como un bebé grande, yo me deslizo en torno a ese vibrante pijazo, que cuánto más lo siento más grande me parece.

Le agarro las manos, las pongo en torno a mis caderas y lo incentivo para que acompañe mis movimientos, para que sea él quién me mueva. 

-¿Te gusta?- le pregunto, con un tono dulce, maternal.

-¡Sí… mucho… muchísimo…!- exclama.

-No te cortes, podés decirme mamá si querés, a mí no me molesta- le digo.

-¡Me gusta mucho mamá… mucho, mucho, mucho…!- se libera, dándole rienda suelta a ese Edipo que no había podido disimular conmigo.

-¡Así hijo, muy bien… mmmhhhhh… que rico te cogés a mami…!- le susurro, siguiéndole el juego.

Tengo enterrada entre mis piernas toda la vitalidad de su juventud, grande, fornida, poderosa. Y aunque está muy bien dotado, mucho más que cualquiera de mis amantes, se lo nota un tanto inexperto. 

No le pregunté si tenía novia, al igual que él no me preguntó si yo era casada, aunque en su celular alcancé a ver una foto suya con una chica como fondo de pantalla.

Luego de una buena cabalgata, me recuesto sobre su pecho, envuelta en suspiros, disfrutando de un orgasmo que empezó a gestarse en el mismo momento de la penetración y que alcanza su punto más álgido y explosivo justo ahora, cuándo rodeándome con sus brazos, me contiene contra su cuerpo. 

Nos besamos con una pasión intensa y arrolladora, mordiéndonos los labios, chupándonos.

Yo todavía estoy en la dulce agonía del placer, pero él sigue bien duro y erguido, todo dentro de mí.

Me da la vuelta suavemente, y sin salirse, me pone de espalda, se me echa encima y me coge ahora a su propio ritmo. En todo momento me mira a la cara, absorto, fascinado, aunque sé muy bien que no me está mirando a mí, a Lorena, sino a su madre. Que siente por fin estar cumpliendo un sueño.

Me aferro a él con brazos y piernas, sintiendo que cada embestida me llega hasta lo más profundo, como si su verga se hiciera todavía más larga al hundirse en mí, alcanzando con su pesadez y consistencia, el último tramo accesible de mi concha.

No tarda mucho en caer fulminado, derramándose dentro mío en oleadas bien cargadas de efusividad.

-Perdón… no quise…- trata de disculparse por acabarme adentro.

-No pasa nada, yo lo quería… quiero sentirte…- lo tranquilizo.

Le acaricio la cabeza con gesto maternal, y susurrándole al oído, agrego cómplice:

-¡Así es hijo, muy bien, todo adentro… hacele un hermanito a mamá…!-

Sonríe y me besa, y tal como le pido, se queda dentro mío hasta vaciarse por completo. Cuándo sale, le doy una rechupada de yapa.

Me levanto y voy al baño a enjuagarme, sé que me está mirando, así que camino sexy, sensual, mostrándole en todo su esplendor el cuerpo de la veterana que acaba de comerse.

Cuándo salimos del telo me propone intercambiar teléfonos, le doy el mío, pero ya estoy decidida a bloquearlo apenas me llame. Hacerle de mamá a alguien estuvo bueno para una vez, pero no para que se haga costumbre.