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Sigo siendo la puta de mi vecino. Es que, debería cambiar, pero, no simplemente no puedo…

Y un día Pablo volvió. Estuvo en Bahía Blanca, resolviendo algunos problemas familiares. Ahí fue que me enteré que tiene un hijo de veinte años. Le pregunté por la madre, pero no me contó mucho, al parecer fue una relación circunstancial, nunca llegaron a vivir realmente juntos como pareja. Ella ya tenía un compromiso cuándo se conocieron, fueron amantes, y aunque no fue intencional, tuvieron un hijo.

Sí, como lo que le pasó conmigo, a excepción de la parte en que la mujer se queda embarazada, claro.

Yo venía de estar en el telo con el Doctor, cuándo casi nos chocamos en la puerta. Yo entraba y él salía.

-¡Volviste..!- exclamé al verlo, sintiendo esa comezón que me asalta siempre que estoy a su lado.

Fue ahí que me contó lo del viaje.

-¿Y porqué no me avisaste?- le reclamo.

-No tuve tiempo, fue algo de último momento- se disculpa.

-Y ahora te estás yendo de nuevo- le reprocho, y en un susurro le pregunto como quién no quiere la cosa -¿no me querés coger?- 

-Vuelvo en un rato, ¿podés está noche?- me propone.

En ese momento ni me acordaba si mi marido trabajaba de día o de noche, igual le dije que sí, que podía. Por nada del mundo me iba a perder el reencuentro.

Lamentablemente mi marido estaba, por lo que me tuve que inventar una muy elaborada excusa para ausentarme de casa toda la noche.

Cuándo por fin estuvimos juntos, obvio que se dió cuenta de que había estado con alguien más. 

-Es que mi marido quiso echarse uno antes de irse a trabajar- trate de mentirle -No le pude decir que no…-

-Esas marcas no te las hace tu marido…- observó atento, experimentado.

Me duché, me puse crema, perfume, y aún así no pude disimular las huellas de la arrebatada pasión del Doctor, con quién había cogido hacía tan solo unas pocas horas.

-Es alguien del trabajo, uno de los doctores- terminé confesando.

Creí que se pondría celoso, pero eso pareció excitarlo todavía más.

-¡Mirala vos a la vecina! Venís de garchar con otro y todavía querés más- exclama sorprendido 

-Con vos siempre quiero más- tengo que admitir.

Estábamos recostados, entre besos y caricias, desnudándonos de a poco, tomándonos el tiempo que fuera necesario para volver a estar juntos, para reencontrarnos, pero apenas descubrió la primera marca, se puso como una moto.

-Así que tenés otro «choma»…- repone divertido.

-¿Y que querés? Vos no estabas…- me defiendo.

-¿Vas a poder con los dos?- me pregunta, pelando el trozo y sacudiéndolo ostentosamente.

-¿Te parece que no?- le replicó, sacándome sin más trámite el corpiño y la bombacha.

Estoy mojada, ansiosa, caliente. Cómo siempre que estoy cerca suyo.

Le chupo la pija mientras él me mete los dedos en la concha, moviéndolos en esa forma que pareciera estar cogiéndome con ellos.

Cuándo me chupa él a mí, lo hace con ganas y avidez, pese a saber que hasta hace un rato nomás otro hombre estuvo dentro mío.

¡Cómo cogimos! Si así va a ser cada reencuentro, la verdad es que espero que se vuelva a ir de viaje cuánto antes. Creo que hasta rompimos una de las patas de la cama de tanto sacudón.

No sé si habrá estado con alguna otra mujer durante su estadía en Bahía Blanca, me imagino que sí, pero estando ahí conmigo era como si hubiera pasado por una larga abstinencia. Estaba al palo pero mal, la piel de la pija tan tirante que parecía al punto del desgarro. Las venas se le marcaban a todo lo largo, palpitantes, amoratadas. Y el glande estaba de un color rojo intenso.

Esa primera noche cogimos hasta la madrugada. Habíamos tomado unos tragos después del primer polvo que nos echamos, quedándonos dormidos, más por la resaca del sexo que del alcohol.

No sé qué hora sería, pero era tarde, cuándo entre sueños percibo que me puntea por detrás. De nuevo está al palo, con esa erección que merece una atención inmediata.

Me muevo para atrás, restregándole la cola por encima de la pija. Estoy desnuda, así que se desliza fácilmente por el surco de mis nalgas. Medio dormida todavía, me pongo de forma tal que la cola queda en posición para un nuevo entubamiento.

Miren que tanto Miguel como el Doctor fueron bastante meritorios al respecto, pero nadie me hace la cola como Pablo. Es el primero que me la hizo y el mejor, un auténtico orfebre del sexo anal.

Se escupe en la mano, y con la saliva se lubrica toda la verga, poniéndomela entre los cachetes. Empuja una, dos, tres veces y ya está adentro, íntegro, completo, ocupando ese espacio que parece haber sido diseñado solo para su disfrute.

Me resulta delicioso sentir como se zambulle en mí, accediendo a profundidades que solo él parece alcanzar. Estiro un brazo hacia atrás y tomándolo del cuello, lo atraigo hacía mí.

-¡Cómo te extrañé…!- le digo entre suaves suspiros.

Me abraza por detrás y me culea con un ritmo que acrecienta el disfrute. 

Ya les conté que a Pablo la pija se le tuerce hacia un lado, torcedura que se hace aún más notoria cuándo está bien al palo, como esa noche.

Cuándo me la mete por el culo, la parte que se tuerce, me hace soltar unos más que expresivos suspiros. Resulta por demás estimulante esa sensación. Algo que en ningún momento siento con los demás.

Cuándo se echa de espalda, me siento encima suyo, la pija completamente hundida en mí.

Me quedo un momento ahí, gozando la forma en que me ensancha el ojete, para luego moverme arriba y abajo, deslizándome en torno a toda su verga, que parece estar moldeada en el material más duro que pueda existir.

Mientras yo subo y bajo, él me fricciona el clítoris con las dos manos, poniéndomelo de un tamaño que duplica su estado habitual.

Cómo pasa siempre que estoy con él, mis jadeos y gemidos se intensifican, convirtiéndose en gritos de placer, al principio trato de controlarme, pero después ya no me importa, que los vecinos escuchen si quieren. Igual, aunque quiera contenerme, no puedo, me resulta imposible no gritar cuándo desde abajo me están demoliendo sin compasión el culo.

La leche, el semen que se derrama en mi interior, tibio, húmedo, espeso, llega para salvarme, para curar esas laceraciones internas que acaba de provocarme.

Se humedece los dedos en mi concha, y llevándolos hacia su boca, se los chupa primero él, para luego hacer que se los chupe yo también.

Quedamos extenuados, desfallecientes, él con la pija entumecida de tanto meter y sacar, y yo con los agujeros desfondados. Feliz y agradecida a la vida por haber puesto a Pablo en mi camino.

Y pensar que en su momento creí haber cometido el peor error imaginable. Ahora entiendo que apareció en el momento justo, antes lo hubiera rechazado, después sería demasiado tarde. Ahora es cuándo mi cuerpo más necesitaba una reacción y él supo muy bien cómo dársela. A puro polvo y pija. No hay nada mejor.