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Soy la Puta de mi vecino. Espero nadie me juzgue. Parte.2

Pese a haberme acabado en el culo, el amigo de Pablo, de quién aún no sabía el nombre, sigue con la pija dura y empinada. Con una cara de pervertido que mete miedo, no me da tiempo a nada, viene hacía mí, que sigo tirada en el sofá, aún goteando semen, y agarrándome de las piernas, me las abre y me penetra.

Ahora sí puedo sentir la diferencia entre una pija y otra. La de Pablo es hermosa, la que me hizo volver a reconciliarme con el sexo y el placer, pero la del amigo resulta tremenda. Una de esas pijas que en los videos pornos se deben llevar todos los primeros planos.

Miren que Pablo me cogió como nunca nadie lo hizo, pero éste tipo es una topadora. En un momento hasta me levanta y me coge así, alzada, deslizándome él mismo a lo largo de toda la chota.

Pablo va hasta la heladera, abre una cerveza y se dispone a mirar. Le debe gustar lo que ve, porque también está con la pija parada.

Yo solo soy gemidos y jadeos, y aunque me dejo, todavía me parece inconcebible estar cogiendo con un tipo que acabo de conocer y que ni siquiera sé cómo se llama.

-Aguanten ahí- nos dice Pablo.

El amigo está parado a un costado del sofá, conmigo alzada y bien ensartada. Pablo toma un trago de cerveza, se levanta y viene hacía nosotros, la pija, con esa curva divina, meciéndose amenazante entre sus muslos. Se acerca, me separa las cachas y me la manda limpita por atrás. De nuevo estoy entubada por ambos lados, los agujeros abiertos y receptivos.

Me surten entre los dos, de parados, arremetiendo entre ellos, conmigo suspendida entre sus enardecidos cuerpos.

Cuándo me sueltan, caigo derrumbada en el piso, de rodillas, por lo que aprovechan para restregarme sus respectivas pijas por toda la cara. La del amigo huele a concha, a flujo vaginal, la de Pablo a culo, aún así no me queda otra que chuparlas, tragándome esos brutales sables hasta romperme casi la garganta.

No sé quién me levanta y me pone en cuatro en el sofá. Recién me doy cuenta de quién es cuándo me la mete. Es el amigo, que ya me está sometiendo a un vaivén demoledor. Primero me da por la concha, después por el culo, en ambos orificios con ese impacto que me hace pedirle que no sea tan bruto. Claro que se ríe de mí cuando se lo pido. 

Después le sigue Pablo, que me bombea igual que el amigo, a lo bestia, sin un mínimo de consideración por la integridad de mis orificios íntimos.

Cuando terminan, me levantan y me llevan a la pieza, me tiran en la cama, así, como si fuera un objeto, y de nuevo me dan, cada uno a su turno, echándose sobre mí y sometiéndome a un garche que me deja con los pajaritos dando vueltas en la cabeza.

De espalda, en cuatro, de costado, de parada, me cogen en todas las poses conocidas, e improvisando otras, dejándome los agujeros al rojo vivo.

De nuevo me cogen entre los dos, al derecho y al revés, y en cierto momento, teniéndome ahí echada, con el culo bien levantado, juegan a ver quién me llega más profundo. Obvio que ambos.

Cuando acaban, me salpican de esperma todo el cuerpo, y dejándome tirada en la cama, vuelven a la sala para seguir dándole a la cerveza.

Me quedo dormida hecha un ovillo. Cuando despierto ya es de noche, el amigo ya no está y Pablo duerme pesadamente a mi lado.

Me levanto despacito, tratando de no hacer ningún ruido, no vaya a ser que se despierte y quiera cogerme de nuevo. No es que no quiera, pero de la paliza que me dieron entre los dos, como que voy a necesitar un buen tiempo para sanar las heridas.

Levanto mi ropa que está por el suelo, me visto, agarro el bolsito del Gym y salgo del departamento de Pablo para volver al mío.

Mi marido está viendo una película, los chicos en la computadora, de la cocina llega un olorcito a fritura, seguro que al ver que me demoraba se puso a cocinar.

-¿Que tal el gimnasio?- me pregunta.

-Hicimos una rutina nueva (se llama doble penetración, pienso), así que estoy destruída, me doy una ducha y me voy a la cama- le digo.

-Dale, en cuánto esté la comida te llevo algo para picar-

-Gracias-

La actitud de mi marido solo hace que me sienta mucho más mierda todavía. Vengo de coger con dos tipos, de uno de los cuáles sigo sin saber el nombre, y él no solo se ofrece a cocinar, sino también a llevarme la comida a la cama. Re turra la mina.

Con sentimiento de culpa y todo, no me arrepiento de tales experiencias. Lo de Pablo había sido increíble, maravilloso, y lo de ahora con su amigo, ya pasado el susto, me resultaba épico, majestuoso.

¿Hace falta decir que esa noche dormí como un angelito?