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También soy la puta del amigo de mi vecino. Dios#! mi vagina esta tan sucia!

Después de estar con Pablo y su amigo, me quedé viendo lucecitas de colores por varios días.

Nunca me habían cogido entre dos, incluso en algún momento le dije a Pablo que no quería, pero por suerte no me hizo caso. ¡De lo que me hubiera perdido!

Igual estoy segura que, de haberme resistido, por el estado en que estaban esos dos, me hubieran agarrado por la fuerza, lo que en vez de algo placentero habría terminado en una experiencia traumática. Pero por suerte no fue así.

Lejos de sentir algún tipo de rencor hacia Pablo por compartirme como una puta cualquiera, le estaba agradecida. Agradecida no solo por haberme despertado a la vida, sino por mostrarme los distintos caminos que conducen al placer.

Soy suya en todos los sentidos, como no lo fuí nunca de nadie. Un solo gesto, un llamado y caigo rendida a sus pies.

A veces estoy con mi familia y recibo un mensaje suyo, simple y directo: «Tengo ganas de coger». 

No me puedo resistir. Invento cualquier excusa y subo a su departamento. Me deja la puerta abierta para que pueda entrar. Él ya me está esperando en la cama, desnudo, frotándose una erección que pide a gritos mi atención.

Me saco la ropa y me acuesto junto a él. Ya es una rutina para nosotros y no me avergüenza decir que espero ansiosa esos mensajes. 

Hasta me manda fotitos de su pija parada y pone: «Está necesitando una buena mamada».

Subo y se la chupo.

Fotitos de su lengua: «Con ganas de chuparle la concha a una casada».

Subo y se la entrego en bandeja.

A veces me pide que tenga sexo con mi marido, y así, sin lavarme ni enjuagarme, vaya a coger con él. Y yo voy, no me puedo negar.

Ese día era yo la que tenía ganas de pija, así que al salir del trabajo, pasé por el chino y compré algunas cosas que había prometido llevarle.

Cómo siempre, al pasar por delante de la puerta de mi casa, lo hago de manera sigilosa, ocultándome, para luego subir la escalera a toda prisa. Abro con mi llave… Sí, ahora tengo llave de su departamento.

Entro y me pongo a ordenar lo que compré en la alacena. La idea es esperarlo desnuda en su cama, masturbándome, para tener la concha húmeda para cuándo él llegue.

Cuando termino, cierro las puertas de la alacena y al darme la vuelta para ir al cuarto de Pablo, me encuentro con su amigo parado en el umbral de la puerta. Pegué un grito digno de película de terror.

-Perdón, no sabía que estabas- me disculpo, aunque quién debería disculparse por asustarme es él, al presentarse así, como el sicópata de Halloween.

Una cosa es estar con los dos juntos, y otra muy distinta con él solo. Su sola presencia mete miedo.

-Todavía no sé cómo te llamás- le digo entonces, como para relajar el ambiente.

Me había cogido, culeado y no sabía su nombre. Increíble.

-Miguel- responde.

-Bueno Miguel, decile a Pablo que le compré algunas cosas, está todo ahí en la alacena, que si necesita algo más me escriba- le digo, dispuesta ya a retirarme.

Cuándo paso por su lado, me agarra del brazo y me detiene. Se me queda mirando sin decir nada, lo que asusta mucho más todavía.

-Solo vine a traerle eso a Pablo, nada más- le explico, casi temblando.

Se inclina sobre mí, creo que para darme un beso en la mejilla, como despedida, pero no, me besa en la boca.

No puedo resistirme ni apartarme, porque me tiene bien sujeta del brazo. Al otro día me daría cuenta del moretón que me dejó por semejante agarre. Moretón que no sería el único. Miren que Pablo es bruto, pero el amigo se pasa de castaño oscuro.

Sin soltarme, como si fuera un objeto que levantó del suelo, me lleva hacia la pieza.

Durante todo ese momento en que soy arrastrada, puedo notar lo que se cuece entre sus piernas, por lo que sus intenciones son más que evidentes. Me quiere coger.

Trato de pensar en algo para negarme, pero no hay caso, cualquier cosa que le diga parece entrarle por un oído y salirle por el otro. Ni le importa que le diga que soy la mujer de su amigo, que lo del otro día fue una excepción, algo único, y que me había prestado solo porqué él estaba.

No me gustaba para nada la idea de encamarme con él sin que estuviera Pablo. ¿Cómo podría llegar a tomarlo si se enteraba? ¿Se pondría celoso?

Varias veces, después de estar con él, de vuelta en mi casa, imaginaba lo que pasaría si mi marido me descubría poniéndole los cuernos. Si mis hijos se enteraban. Obviamente sería un desastre. Divorcio inmediato.

En ese caso, me preguntaba, si Pablo aceptaría que nos fuésemos a vivir juntos. No ser ya amantes, sino pareja. Lo veía difícil.

Pero ahora, ¿qué pasaría si me encontraba cogiendo con su amigo? Al amigo no parecía preocuparle tal situación.

En el cuarto, que todavía huele a Pablo, el amigo se desnuda de la cintura para abajo y se tira en la cama, la pija bien parada vibrando entre sus piernas. Se la agarra y se la menea, haciendo que le salga espumita por la punta. Es obvio que quiere que se la chupe.

Hasta dónde estoy, casi parada en la puerta, me llega el olor de su sexo.

Podría escaparme si quisiera, darme la vuelta y salir simplemente del departamento, se le haría difícil impedírmelo con los pantalones bajos, pero en vez de intentarlo, suelto la cartera y avanzo hacia la cama. Me lanzo sobre sus piernas y le doy con el gusto.

Pablo me enseñó a chupar como a él le gusta, besándole primero los huevos, subiendo luego con la lengua, lamiendo todo en derredor, soltando mucha saliva durante el recorrido, pero el amigo no es tan paciente, ya que apenas intento amagar siquiera con darle unos besitos, me agarra de los pelos y me la hace comer de una.

Obviamente que no me la mete toda, me hubiera desgarrado las comisuras de los labios de hacerlo, pero sí un trozo bastante grande.

Me mantiene así, bien sujeta del pelo, haciéndome doler el cuero cabelludo, y mediante bruscos tirones, me coge por la boca.

No puedo hacer otra cosa más que respirar por la nariz y aguantar los fuertes empujones de esa pija que cada vez parece ponerse más dura.

Cuándo por fin me libera, me siento ahogada. No niego sentir cierto placer, más producto del morbo que de otra cosa, pero igual no me gusta para nada que me hagan chuparla de esa manera. Tan a la fuerza. Es tan delicioso, tan satisfactorio el sexo oral, que es una pena transformar ese momento en algo brutal, violento. Pero bueno, cada cuál con su gusto.

Resulta más que obvio que no se iba a quedar conforme tan solo con una mamada.

Veo en sus ojos el brillo de la lujuria, ese instinto que convierte a los hombres en primates, en su caso matizado con un dejo de perversión.

Me agarra de nuevo de manera brusca, y me derriba de espalda sobre la cama. En todo momento sus actitudes son como si yo me resistiera, como si no le quedara más alternativa que hacérmelo a la fuerza.

¿Acaso podría resistirme ante semejante bestia?

Me sube la falda, me hace a un lado la bombacha y me ataca con su boca, porque un ataque es a lo que me somete. Es más lo que muerde que lo que chupa. Igual, pese a sus modos bruscos y arrebatados, mi sexo se humedece como cuando resulta ser Pablo quién está entre mis piernas.

Cuándo se sube encima mío y me penetra, es como si un edificio se me cayera encima, hundiéndome aún más en el colchón.

Al principio como que me cuesta aceptar que estoy cogiendo con el amigo de Pablo, cierro los ojos y dejo que abuse de mi cuerpo, deseando que pase lo más pronto posible.

Pero de pronto me encuentro suspirando de placer, cerrando los ojos, ya no para escapar de esa realidad, sino para disfrutar con mayor intensidad el momento.

Durante todo el rato, había permanecido con las manos a los costados de mi cuerpo, sin rozarlo siquiera, hasta que, sin darme cuenta, estoy deslizándolas por debajo de su camisa y acariciándole la espalda.

-¡Mmmhhh… siiiiiiii… ahhhhhh… ahhhhhhhhh…!- 

Sí, soy yo la que jadea de placer. 

Abro los ojos y veo su cara colgando sobre la mía, su mirada fija en mí. Ahora soy yo la que lo busca para besarlo.

Luego de un beso igual de brusco que todos sus modales, me dice que abra la boca. Cuando lo hago, me escupe adentro, dos, hasta tres veces. Me trago toda su saliva, provocando que me coja con más fuerza todavía. Eso parece excitarlo, así que vuelvo a abrirla para que me siga escupiendo.

Me vuelvo a tragar todo lo que me escupe, mezclando su saliva con la mía.

Jamás imaginé tragarme las babas de un hombre, en un beso vaya y pase, pero así, que te escupan a propósito, no es algo que me resulte agradable, pero si ese era su fetiche, yo no soy quién para rechazarlo.

Cuándo tengo mi orgasmo me quedo en blanco, como en un trance, sorprendida por haber gozado en una forma que solo creía que podía proporcionarme Pablo. 

Mientras mi cuerpo hierve de placer, él me sigue cogiendo, ajeno a mi disfrute, metiendo y sacando toda la verga, la que pese a la intensidad con que me bombea, se mantiene dura y rígida, sin mella alguna.

Me da la vuelta como a un paquete y poniéndome en cuatro me da como para que le agradezca a Dios y a los Santos Evangelios el hecho de ser mujer. 

Me penetra con tanta fuerza, con tanta energía, que parece querer partirme el culo y fisurarme la cadera. Yo hundo la cara en la almohada y la muerdo como si quisiera comérmela, tratando de ahogar los gritos que me arranca con tan despiadadas embestidas.

En casa, a unos pocos metros, pueden estar mis hijos, hasta mi esposo, por lo que me parecía lo más correcto ahorrarles el escándalo que su madre/esposa pudiera hacer en el piso de arriba.

En cierto momento se levanta, dejándome así, con el culo en pompa, y se va al baño. Desde la cama puedo escuchar el chorro de orina. Durante ese breve respiro me acaricio por entre las piernas, notando el calor en los muslos, la hinchazón de los labios, la dureza del clítoris. Adentro soy puro fuego.

Cuando vuelve, está con la pija todavía más hinchada y parada, toda enrojecida de tanto cogerme.

Aunque estoy un poquito mareada por el sacudón que me acaba de dar, me levanto y me saco la poca ropa que todavía tengo puesta. Él hace lo mismo, sacándose la camisa y las medias, el pantalón y el calzoncillo ya hace rato que están en el suelo.

Se echa de espalda en la cama. Me tiro encima suyo y le chupo la pija. Ahora sí me deja saborearla libremente, recorrerla de arriba abajo, como tanto me gusta, mimarle el glande con los labios y la lengua.

Cuando me la trago puedo sentir en el paladar esa energía, ese poderío que amenaza con explotar y no dejar a nadie vivo.

Me siento encima de su cuerpo, de cuclillas, apuntando mi sexo sobre su erección y me dejo caer, llenándome toda la concha con su carne.

Apoyo mis manos en sus palmas abiertas, entrelazo mis dedos con los suyos y me empiezo a mover, arriba y abajo, hundiéndome todo hasta la raíz, una y otra vez, golpeando los cantos contra sus muslos.

Mientras me deslizo a todo lo largo, Miguel me mira las tetas, que se sacuden frenéticas, descontroladas. También me las escupe, y con su saliva me masajea los pezones.

Es demasiada calentura, demasiada excitación, siento como si el vientre me fuera a explotar, pero trato de aguantarme, ya tuve mi orgasmo antes, y ahora quiero acabar con él, liberar todo eso que me comprime las entrañas al mismo tiempo que bombea su semen  en mi interior.

«Quiero llenarme de tí…», pienso y nunca tuvo más sentido para mí esa frase.

-¡Me vas a llenar de leche!- le digo, no se lo estoy pidiendo -¡Me la vas a dar toda… toda para mí!-

Estamos en ese momento en que todo se vuelve difuso y atropellado, cuando la urgencia ante el inminente colapso nos obliga a acelerar cualquier movimiento. 

Prácticamente estoy saltando sobre su verga, empalándomela hasta los huevos, cuándo me suelta las tetas, me agarra fuerte de las nalgas y ahora bombea él desde abajo, manteniéndome bien pegada a su vientre mientras acaba.

Por supuesto no siento el derrame, pero si los estremecimientos, las sacudidas, el escozor, esa punción que, tras el estallido, te alivia y reconforta.

Me derrumbo sobre su pecho, suspirando agotada, entregándome por completo a ese placer que se esparce en ondas por todo mi cuerpo.

Nos quedamos un momento abrazados, entre suspiros. Me sorprende que me acaricie, pero lo hace, y con una ternura inesperada.

Cuándo me levanto, ¡Plop! ¡Plop! ¡Plop! De la concha me gotea su semen.

Voy al baño y me enjuago en el bidet, metiéndome los dedos y presionando para extraer lo más que puedo de su acabada. No quiero andar mojándome luego en casa como me pasa siempre que estoy con Pablo.

Me doy una ducha, y cuando salgo, envuelta en una toalla, él ya está en otra cosa. Está en la sala mirando la televisión, pasando aburridamente de un canal a otro.

No me dice nada, como si no existiera. Levanto mi ropa del suelo y me visto. 

-Bueno, ya me voy- le digo, esperando que después del polvo que nos echamos, me dedique por lo menos un mínimo de atención.

Pero nada, apenas un gruñido como despedida, sin mirarme siquiera. Me fui sintiéndome más objeto que nunca, Pablo por lo menos evidenciaba cierto afecto, y con mi marido, pese al mal sexo, siempre nos quedamos acurrucados luego de hacer el amor.

El turro de Miguel me hacía sentir como una puta que vino a cumplir con su trabajo, y luego del pago se va a seguir haciendo la calle.

No digo que me haya sentido decepcionada, tampoco esperaba besos de amor, pero sí un mimo al menos.

Al volver a casa, por suerte no había nadie, ya que estaba con el pelo mojado, señal inequívoca de que venía de tener sexo. Y aunque me había enjuagado bien en la casa de Pablo, durante un buen rato estuve goteando el semen de su amigo